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viernes, 4 de marzo de 2011

La Despedida de un Grande y el Despertar de un Gigante


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En una controvertida publicación en los años 90, Francis Fukuyama hizo una declaración que hizo vacilar al mundo. Nos encontrábamos según dicho autor en el “fin de la historia”, donde las “ideologías ya no son necesarias y han sido reemplazadas por la economía” (léase el liberalismo económico y político mas conocido en nuestros pagos como neoliberalismo), afirmando que el motor de la historia, en resumidas cuentas el corazón del hombre, su deseo de reconocimiento, su instinto y pasiones en conjunto con su alma espiritual donde residen las altas ideas y la razón, se había paralizado al caer el comunismo y terminarse la guerra fría.

No debemos sorprendernos de este tipo de pensamientos, tanto por el origen de la hipótesis como también por el contexto vivido en aquella época. El mundo era el mundo occidental, mejor dicho, el mundo “moderno”, “desarrollado”, donde las teorías venían a explicar el funcionamiento de esta muy acotada y “homogénea” parte del mundo. La caída del Muro de Berlín y la desintegración de la URSS movieron los cimientos del mundo “occidental” de tal modo que muchas ideas, paradigmas e hipótesis se plantearon solo mirándose al ombligo.

Así, también llevados por la vorágine neoliberalista impulsada desde el centro “desarrollado” hacia la periferia “subdesarrollada”, un planteo ideológico desideologizante y despolitizador en conjunto con una política económica “abarca todo” llevo a la Argentina (en conjunto con la periferia) a consolidar desde las ideas el proceso sistemático de eliminación de identidades, ideales políticos y personas que había empezado en nuestro país desde los golpes militares de la década del 60 y 70.

Mas de una década tuvo que pasar desde aquella frase de Fukuyama para que desde nuestro país, un hombre, del que muchos dudaban y desconfiaban en un principio, pueda trastocar, revertir y convertir en obsoletos todos los supuestos que seguían implantándose en la sociedad argentina. Néstor, con su informalidad, con su forma de ser desestructurada, con sus aciertos y errores, pero por sobretodo con sus ideas, valores y hechos le devolvió al Pueblo Argentino la esperanza. La esperanza de que todo era posible con esfuerzo, de que las ideas no debían quedarse en la abstracción sino que podían llevarse a cabo, de que el sentimiento, la pasión y el corazón eran fundamentales para transformar la realidad que conocemos. Nos devolvió la garra, la fuerza y las ganas de militar, de debatir, de discutir y tomar posiciones, de pensar el mundo que queremos en términos de utopías realizables, de realidades alcanzables, de dejar el cómodo sillón de la indiferencia y pararnos frente al mundo armados con nuestros principios e ideas, con nuestras propuestas y proyectos, con nuestros sueños y esperanzas.

Néstor y Cristina no son solo personas a seguir en nuestro país, representan una idea, un proyecto de país soberano, libre, popular y justo. Néstor nos devolvió a los argentinos la posibilidad de crear historia, de escribir nuestro presente y futuro con memoria del pasado, de establecer un nuevo paradigma desde donde construir una Nación Argentina integrada a su continente y no atada desvergonzadamente a Europa o Estados Unidos. Nos devolvió la identidad nacional y latinoamericana, el orgullo de ser argentino y latinoamericano.

Cuando Néstor Kirchner partió, cuando su espíritu fue a encontrarse con sus compatriotas desaparecidos que tanto defendió y reivindicó en vida, nos dejo una responsabilidad, una tarea, un legado. Cuando Néstor Kirchner abandonó nuestros parajes, no lo hizo del todo, ya que su energía, su fuego, sus principios siguen vivos en cada uno de los argentinos. Cuando Néstor Kirchner cerró sus ojos, millones de argentinos abrieron los suyos.